
El regreso de la Doctrina Monroe al discurso político de Washington no es un accidente académico, sino una respuesta visceral a la penetración de Pekín en el hemisferio occidental. Durante años, la Casa Blanca asumió que el control de América Latina estaba garantizado por la inercia histórica y el vacío de alternativas. Sin embargo, la expansión económica y política de China ha forzado a los estrategas estadounidenses a desenterrar un marco conceptual que muchos creían extinto desde el siglo XIX.
La tensión actual se manifiesta en una lucha por la influencia donde los activos chinos ya no son solo comerciales, sino estructurales. Mientras Estados Unidos se distraía con conflictos en Oriente Medio desde el inicio del siglo XXI, China llenó esos espacios, instalándose en lo que Washington históricamente consideró su patio trasero. Esta realidad ha provocado que tanto demócratas como republicanos, aunque con matices en la forma, vuelvan a abrazar la premisa de que cualquier intervención extranjera en las Américas es una amenaza directa a la seguridad nacional estadounidense.
El origen de la Doctrina Monroe y su primera mutación
En diciembre de 1823, el presidente James Monroe expuso ante el Congreso una serie de ideas que buscaban evitar que las potencias europeas recuperaran territorios en el continente. No nació como un manual estructurado, sino como una declaración de intenciones impulsada en gran medida por su secretario de estado, Quincy Adams. El objetivo era trazar una línea divisoria clara: Europa debía mantenerse fuera de las Américas y Estados Unidos no interferiría en los asuntos europeos.
Al principio, estas palabras resonaron como un gesto de solidaridad hacia las jóvenes repúblicas latinoamericanas que luchaban por consolidar sus independencias. Los líderes regionales vieron en Monroe un escudo contra el colonialismo europeo. No obstante, la naturaleza de este apoyo cambió drásticamente cuando Estados Unidos comenzó a proyectar su propio poder imperial.
La guerra contra México entre 1846 y 1848 marcó la transición de una postura defensiva a una de conquista. Washington dejó de ser el protector de las repúblicas vecinas para convertirse en la potencia dominante del hemisferio. Fue el primer indicio de que la doctrina no era un pacto de hermandad, sino una herramienta de exclusividad geográfica.
¿Cómo transformó Roosevelt la defensa en agresión?
A principios del siglo XX, la interpretación de la doctrina sufrió una perversión deliberada bajo el mando de Theodor Roosevelt. En 1904, el presidente introdujo la metáfora del 'Gran Garrote', sugiriendo que la diplomacia debía ir acompañada de una fuerza militar abrumadora para asegurar la obediencia de los países latinoamericanos. Esta visión convirtió la doctrina en una justificación para el intervencionismo unilateral.
Roosevelt diseñó el llamado corolario de la doctrina Monroe tras observar la agresión anglo-alemana contra Venezuela en 1902. Bajo el pretexto de mantener la prosperidad y el orden en las fronteras vecinas, Estados Unidos se otorgó el derecho de actuar como un policía regional. El país ya no solo impedía que Europa interviniera, sino que se reservaba la potestad de intervenir él mismo siempre que sus intereses estuvieran en juego.
Este cambio coincidió con el despliegue de la Flota Blanca en 1907, una escuadra de guerra que circunnavegó el globo para demostrar la capacidad militar de Washington. La seguridad del hemisferio se convirtió en una excusa para establecer protectorados, especialmente para asegurar el control del Canal de Panamá y neutralizar las ambiciones alemanas en el Caribe.
El cinismo de este periodo radica en que las invasiones se justificaban en nombre del derecho internacional.
La instrumentación de la doctrina durante la Guerra Fría
Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, Franklin Delano Roosevelt intentó suavizar la imagen de Washington mediante la política del buen vecino, renunciando temporalmente al intervencionismo directo. Algunos analistas, como el secretario de guerra Henry Stimson, llegaron a creer que la creación de las Naciones Unidas y este nuevo enfoque habían disuelto la Doctrina Monroe. Sin embargo, el inicio de la Guerra Fría reactivó la maquinaria de control.
A partir de 1947, el enemigo ya no eran los imperios europeos, sino la expansión del comunismo soviético. Washington volvió a utilizar la lógica de la exclusión regional para derrocar gobiernos que consideraba peligrosos para sus intereses. Un ejemplo crítico fue el derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954, acción que convenció a figuras como el Che Guevara de la imposibilidad de una transición pacífica al socialismo en el continente.
La hegemonía se consolidó mediante la instalación de dictaduras aliadas en República Dominicana en 1965 y en Chile en 1973. En este último caso, el exsecretario de estado Henry Kissinger dejó claro el desprecio por la soberanía regional al afirmar que las cuestiones eran demasiado importantes para dejar que el electorado latinoamericano decidiera por sí mismo.
La doctrina se convirtió en un cheque en blanco para golpes de estado y sanciones económicas.

La amenaza de China y el resurgimiento del discurso republicano
La irrupción de China en América Latina ha generado una crisis de identidad en la política exterior estadounidense. Pekín no utiliza el 'Gran Garrote', sino la inversión en infraestructura y la diplomacia económica, lo que ha hecho que muchos países de la región cancelen sus vínculos con Taiwán para priorizar la relación con el gigante asiático.
En respuesta, candidatos republicanos como Vivek Ramaswamy y Ron DeSantis han pedido una actualización de la doctrina para enfrentar la presencia china. La justificación actual es alarmante: algunos sectores sugieren acciones militares contra México basándose en la llegada de precursores químicos chinos destinados a la fabricación de fentanilo. Este enfoque ignora que tales amenazas son problemas de salud pública y seguridad transnacional, no cuestiones de soberanía territorial que justifiquen una invasión.
Donald Trump ya había revivido la doctrina en la Asamblea General de la ONU en 2019, advirtiendo contra la interferencia de naciones extranjeras en la región. Su asesor de seguridad nacional, John Bolton, fue aún más explícito al proclamar que la doctrina Monroe estaba viva y vigente.
Esta retórica busca el consumo interno del votante estadounidense, pero produce el efecto contrario en el sur.
El impacto real de las advertencias de Washington en la región
La administración de Joe Biden ha evitado nombrar la doctrina explícitamente para no irritar a sus socios latinoamericanos, aunque sus advertencias sobre Pekín mantienen la misma esencia. Esta reticencia es comprensible: América Latina recuerda que la doctrina Monroe ha sido la base de casi todas las agresiones estadounidenses hacia el continente.
Desde la ocupación de Veracruz en 1914, donde Estados Unidos intervino para derrocar a Victoriano Huerta sin una declaración de guerra, hasta las presiones actuales sobre Chile y México, la percepción regional es la de un paternalismo agresivo. La historia de México es la más dolorosa, habiendo perdido la mitad de su territorio en el siglo XIX bajo una lógica de expansión territorial que la doctrina Monroe terminó de legitimar.
Cuando Washington amenaza con 'sacar' a China de la región, no atrae a los países latinos hacia sus brazos. Al contrario, el uso de un lenguaje imperialista suele afianzar los vínculos con Pekín, ya que este último ofrece capital sin las exigencias ideológicas o las amenazas militares que caracterizan la gestión estadounidense.

La paradoja es que mientras Estados Unidos busca recuperar su hegemonía, utiliza la herramienta que más aliena a sus vecinos.
Cualquier intento de aplicar la Doctrina Monroe hoy choca contra la realidad de un continente que ya no acepta la tutela de un solo actor. La simplicidad de este esquema ideológico es útil para los discursos electorales en Estados Unidos, pero es anacrónica frente a la complejidad de la geopolítica actual.
La pregunta que queda suspendida es si Washington es capaz de interactuar con América Latina sin recurrir a la fuerza o a la intimidación.
China mantiene sus puertos, sus préstamos y sus contratos de infraestructura extendidos por todo el mapa del hemisferio occidental.