China y Alemania impulsan el carbón por poder geopolítico

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El planeta registró en 2023 el año más caluroso de su historia, mientras que, simultáneamente, el consumo global de carbón alcanzó un máximo histórico. Esta paradoja no es accidental. Según un reporte citado por Reuters, el consumo se disparó debido a la demanda energética de las economías en desarrollo, que absorbieron más de 8,5 millones de toneladas métricas por primera vez.

La tendencia no muestra signos de revertirse antes de 2026. Este escenario anula la posibilidad de cumplir la meta del Acuerdo de París de limitar el calentamiento global a 1,5 grados para finales de siglo.

¿Por qué China y la India ignoran la transición verde?

La concentración del consumo es evidente: China, India y el sudeste asiático operan las fábricas y termoeléctricas que devoran tres cuartas partes del carbón mundial. Para poner este dato en perspectiva, en 1990 estas mismas regiones consumían apenas una cuarta parte del total global.

Existe una fractura geopolítica profunda. Mientras la Unión Europea y Estados Unidos redujeron su quema de carbón en un 20% cada uno el año pasado, el Sur Global carece del capital para implementar las costosas tecnologías que exige la transición energética.

China e India no son países pobres, sino naciones en proceso de enriquecimiento acelerado. Su estrategia es pragmática y cruda: utilizar combustibles fósiles baratos para industrializarse y, solo cuando hayan acumulado los recursos suficientes, dar el salto hacia las energías limpias.

Desde Beijín y Nueva Delhi sostienen que tienen el mismo derecho que Occidente tuvo en el pasado a desarrollarse contaminando el entorno. El Atlantic Council define esto como la necesidad de una transición energética justa, donde el dinero fluya hacia el sur para financiar la infraestructura verde.

China aprueba dos plantas de carbón por semana

La retórica ambientalista de Beijín choca frontalmente con sus acciones. El diario The Guardian confirma que China aprueba la construcción de dos plantas de carbón semanalmente. Es un ritmo insostenible para cualquier compromiso climático real.

El gobierno chino se fijó dos metas: alcanzar el pico de emisiones en 2030 y lograr emisiones cero en 2060.

Para avanzar hacia ello, en 2021 prohibieron construir plantas de carbón fuera de China continental. Sin embargo, la realidad interna es distinta. Solo en 2022, el gobierno aprobó 106 plantas termoeléctricas capaces de generar 106 GW de electricidad.

China consume el 55% del carbón mundial.

No obstante, el gigante asiático ejecuta una maniobra dual. Es el mayor emisor de carbono, pero también el mayor productor global de energía renovable, incluyendo eólica, solar e hidroeléctrica. Esta estrategia busca evitar el declive económico que sufren quienes dependen de energías externas costosas.

Mientras quema carbón para mantener su industria, China domina la cadena logística del futuro. Vende al mundo los paneles solares y baterías necesarios para la transición verde, asegurando divisas y control tecnológico.

El colapso industrial de Alemania

Alemania ha caído en una trampa energética. Dependió durante décadas del gas y petróleo barato de un enemigo estratégico, lo que hoy la deja vulnerable. El resultado es una economía que se contrajo un 0,3% en 2023, mientras Japón crecía gracias a una devaluación del yen.

La caída es tangible. Bloomberg documentó el cierre de una siderúrgica en Dusseldorf que dejó a 1600 trabajadores sin empleo tras dos siglos de operatividad.

La manufactura alemana declina desde 2017. A esto se suma la competencia de Estados Unidos por captar inversiones verdes y la rivalidad con China, que ya no demanda los bienes alemanes con la misma intensidad.

Berlín enfrenta además una parálisis política. El tribunal constitucional obligó al canciller Olaf Scholz a rebalancear el presupuesto para no exceder el límite de deuda.

La crisis es también social y educativa. La desinversión en formación ha dejado al país sin mano de obra calificada en matemáticas, lo que costaría a la economía 15 trillones de dólares al cierre del siglo. La burocracia y la discriminación impiden atraer especialistas extranjeros para suplir a una población que envejece rápidamente.

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Alemania recurre al carbón por chantaje ruso

En octubre, Alemania reactivó una planta termoeléctrica de 500 MW que había sido cerrada en 2018. Esta decisión, contraria a la tendencia europea, fue una respuesta directa al chantaje energético ruso para evitar que la población se congelara durante el invierno.

El decreto permite mantener estas reservas de carbón hasta el 31 de marzo.

Diciembre fue el séptimo mes consecutivo de caída de la industria nacional, con descensos marcados en la construcción y la química. La producción actual es la más baja desde 2010, excluyendo la crisis sanitaria.

El ministro de finanzas, Christian Lindner, ha sido tajante: Alemania se está empobreciendo porque ha dejado de ser competitiva.

La dependencia alemana de China se profundiza

A pesar de que la Unión Europea busca reducir sus riesgos, Alemania invirtió casi 13.000 millones de euros en China durante 2023. Esto representa un aumento del 10% en sus inversiones exteriores.

Berlín no tiene un comprador que sustituya al mercado chino.

Esta dependencia es peligrosa. Alemania financia la producción del gigante asiático y le transfiere tecnología y know-how. China ya ha replicado y superado la ingeniería automotriz alemana basándose en ese conocimiento transferido.

El 73% de los empresarios alemanes en China planea aumentar su inversión en los próximos dos años. Alemania parece haber sustituido su dependencia de Rusia por una dependencia aún más profunda de China.

Japón propone un combustible menos contaminante

Tokio es el único miembro del G7 que se negó a acordar la reducción a cero del consumo de carbón para 2030. Actualmente, un tercio de su electricidad proviene de este mineral.

Su propuesta es mezclar amoniaco con carbón para evitar la emisión de dióxido de carbono.

La idea es atractiva porque no requiere construir nuevas plantas. Sin embargo, la producción de amoniaco sí genera CO2 y su combustión emite óxido de nitrógeno, un gas de efecto invernadero tóxico.

El giro japonés hacia el carbón nació en 2011, tras el desastre de Fukushima. La energía nuclear pasó de ser la solución a ser una amenaza, obligando al país a depender de combustibles importados en un 89%.

China observa con interés la tecnología japonesa, ya que cualquier avance que legitime el uso del carbón beneficia sus propios planes industriales.

El escenario global revela que la transición energética no es un proceso técnico, sino una lucha por la hegemonía industrial. En este conflicto, la seguridad energética prevalece sobre la ecología, impulsando la capacidad termoeléctrica de la India hacia un aumento del 63% para 2032.

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