Crisis energética impulsa la desindustrialización alemana

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El modelo económico alemán, diseñado durante los primeros años del siglo XXI, operaba bajo una premisa de dependencia dual que hoy resulta insostenible. Berlín basó su crecimiento en la importación de energía barata proveniente de Rusia y en un flujo masivo de exportaciones hacia China. Esta estructura permitió que el país se consolidara como una potencia industrial, pero creó una vulnerabilidad sistémica que se activó con la guerra en Ucrania en 2022. El corte del gas siberiano eliminó la ventaja competitiva de los costes energéticos, forzando a las fábricas a buscar alternativas mucho más costosas.

Casi simultáneamente, la relación con Pekín se deterioró. China no solo adoptó una postura geopolítica más agresiva, sino que sufrió un freno económico interno que desplomó la demanda de manufacturas avanzadas. Alemania, que es la cuarta economía global, se enfrenta ahora a una contracción económica y a una inflación del 8,7%, enfrentando retos que no experimentaba desde la posguerra.

¿Por qué el modelo exportador alemán colapsó?

La caída de la demanda china representa un golpe crítico porque Beijín es el mayor socio comercial de Berlín. En 2021, China compraba bienes alemanes por un valor de 101.000 millones de dólares, pero esa cifra cayó drásticamente al año siguiente. Este mercado es el destino principal de productos de alta complejidad, como equipos médicos, químicos, óptica y, fundamentalmente, automóviles. La crisis inmobiliaria china y sus propios problemas de exportación han dejado a Alemania sin su cliente más rentable.

La incapacidad de abrir nuevos mercados rápidamente deja a las empresas en una posición precaria. El sector automotriz es el ejemplo más evidente de este desgaste. Volkswagen ha advertido a sus sindicatos la necesidad de ejecutar despidos masivos y recortes por valor de 10.000 millones de euros. La compañía sostiene que el negocio tradicional no genera beneficios suficientes para financiar la transición hacia los vehículos eléctricos.

Este conflicto interno se agrava por la estructura laboral alemana. Los consejos de trabajadores, grupos electos dentro de los sindicatos, ejercen una presión considerable sobre la administración. Ya hubo consecuencias directas, como la salida de Herbert Diess de la dirección ejecutiva tras sugerir que la empresa sobraba 30.000 empleados.

Desindustrialización es el camino actual

El éxodo de las empresas no es una amenaza teórica, sino un proceso en marcha. Basf, el gigante químico con 150 años de historia en el país, ha decidido trasladar gran parte de su producción a China. El complejo de Ludwigshafen, el centro industrial más grande de Europa, pierde peso frente a la nueva planta de Shanxi, donde se fabricarán 60 millones de toneladas de compuestos plásticos.

El motivo es matemático: el coste de la energía es prohibitivo. Durante 2023, el precio de la electricidad en Alemania aumentó 15 veces y el del gas 10 veces. Las industrias electrointensivas, como la siderurgia y la química, no pueden absorber estos costes ni trasladarlos al consumidor final sin perder competitividad frente a países donde la energía sigue siendo barata.

Tyson Krupp, emblema de la industria desde el siglo XIX, vio cómo su valor de mercado caía a la mitad desde enero de 2022. La reducción de la producción es la única respuesta inmediata. En julio de un año reciente, el consumo de gas cayó un 21% respecto al mes anterior, no solo por eficiencia, sino por la paralización de líneas de producción.

Pequeñas empresas sufren más que las multinacionales

Las firmas medianas y pequeñas, conocidas como las multinacionales de bolsillo, están en una situación límite. Una encuesta reveló que el 25% de las empresas con menos de 1.000 empleados han cancelado pedidos, mientras que solo el 11% de las grandes corporaciones han hecho lo mismo.

El impacto llega incluso a sectores tradicionales como la panadería. En el país donde se producen 3.000 tipos de pan, unos 10.000 productores enfrentan el encarecimiento de la harina, el azúcar y la mantequilla, sumado a la presión salarial. Cadenas centenarias como By The Man en Berlín se ven obligadas a centralizar el horneado para sobrevivir.

El 20% de las medianas industrias considera relocalizar su producción fuera de Alemania. Además, una quinta parte de estas firmas afirma que la transición hacia energías limpias es financieramente inviable en el corto plazo.

El Plan Morgenthau se materializa mediante el gas

Tras la Segunda Guerra Mundial, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Henry Morgenthau, propuso convertir a Alemania en una economía agrícola, despojándola de su industria. Aunque la propuesta fue rechazada y el país vivió el milagro económico gracias a la mano de obra turca y el trauma social de la posguerra, la situación actual evoca ese escenario de desmantelamiento.

El chantaje energético del Kremlin actúa como la fuerza moldeadora más potente desde 1945. La Ostpolitik, la política de acercamiento al Este iniciada por Willy Brandt y profundizada por Angela Merkel, buscaba apaciguar a Putin mediante una interdependencia económica. Berlín creyó que el comercio evitaría el conflicto, pero solo logró financiar la transición de Rusia hacia una dictadura postmoderna.

Ahora, la dependencia de las autocracias ha pasado de ser una ventaja competitiva a una trampa estratégica.

¿Sigue siendo Alemania el motor de Europa?

El país es actualmente la economía avanzada con el peor desempeño. El Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea coinciden en que su economía se reducirá. Lo más alarmante es que, mientras el resto del mundo fortalece sus cadenas de suministro internas, Alemania las desmantela.

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Gonard Grobel, presidente de Salzgitter AG, ha alertado sobre el peligro de perder la infraestructura industrial básica. El 32% de los industriales alemanes hoy prefiere la relocalización en el extranjero antes que la expansión nacional, una cifra que hace un año era apenas la mitad.

La transición al acero verde requiere un apoyo fiscal masivo que el gobierno no puede garantizar plenamente. Aunque Salzgitter planea reducir el uso de carbón en un 95% para 2033, la congelación de ciertos fondos gubernamentales ha encendido las alarmas sobre la viabilidad de la descarbonización.

Contabilidad creativa y crisis presupuestaria

Alemania ha construido una imagen de prudencia fiscal que ha resultado ser una máscara. El Tribunal Constitucional declaró recientemente inconstitucional el presupuesto de 2024, invalidando el intento de reasignar 60.000 millones de euros de fondos sanitarios hacia políticas climáticas.

Desde 2011, Berlín incluyó en su Constitución la prohibición de endeudarse. Sin embargo, el gobierno ha recurrido a maniobras contables y suspensiones del freno constitucional para mantener el gasto. Esta fragilidad financiera impacta directamente en la inversión tecnológica.

La industria de los chips es el sector más vulnerable. Intel planeaba invertir 30.000 millones de euros en dos fábricas en Magdeburgo, pero el apoyo gubernamental de 9.900 millones de euros está ahora en duda debido al caos presupuestario. Si el Estado no puede cumplir sus promesas de subsidios, la reputación de Alemania como destino de inversión extranjera sufrirá un daño irreversible.

Tensiones políticas y el colapso inmobiliario

El malestar económico alimenta el ascenso de la ultraderecha. El partido Alternativa para Alemania ya domina la intención de voto en la zona este del país. El recuerdo de la crisis de entreguerras y la caída de la República de Weimar resuena en una sociedad donde el número de personas que no pueden calentar sus hogares se ha duplicado desde 2021.

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El declive se extiende al sector inmobiliario. El costo de los materiales de construcción es un 40% más alto que antes de la crisis sanitaria. Esto ha provocado el colapso del mercado de casas unifamiliares y la quiebra de numerosos desarrolladores, dejando a las ciudades con un déficit crítico de viviendas.

Para contrarrestar la dependencia rusa, Berlín y Roma impulsan un gasoducto transalpino para transportar gas e hidrógeno desde el norte de África. El objetivo es importar 10 millones de toneladas de hidrógeno para 2030.

Mientras tanto, la ironía geopolítica se ha completado. Grecia, que en 2010 fue humillada por Berlín y obligada a recortes extremos bajo la premisa de "hacer como Alemania", ahora se burla de la situación presupuestaria alemana. El político griego Panayotis Lafazanis sugirió públicamente que Alemania debería vender algunas de sus islas para cuadrar sus cuentas.

El gobierno de Olaf Scholz intenta rescatar el sector con un paquete de créditos impositivos de hasta 28.000 millones de euros hasta 2028, además de 12.000 millones para reducir la factura eléctrica. Bruselas considera que estos subsidios son una competencia desleal dentro del mercado común, pero el gobierno alemán los considera la última herramienta para evitar que la desindustrialización sea total.

El proyecto del gasoducto transalpino busca asegurar que el sur de Alemania reciba energía del norte de África.

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