Crisis en Israel: la guerra amenaza la economía global

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El 7 de octubre, un ataque sorpresa coordinado por Hamás contra Israel fracturó la estabilidad de Medio Oriente. Centenares de civiles murieron y muchos otros fueron secuestrados, desencadenando una respuesta militar israelí implacable en la Franja de Gaza. Los bombardeos han saturado hospitales ya carentes de insumos básicos, mientras que un bloqueo total restringe el acceso a agua, energía, medicinas y alimentos.

Expertos sugieren que Hamás buscaba precisamente este escenario: una respuesta desproporcionada que convirtiera la tragedia de los civiles palestinos en una causa mayor. El objetivo estratégico sería incendiar la región para atraer a otros adversarios de Israel a una guerra abierta, erosionando la reputación global del Estado israelí y eliminando cualquier posibilidad de paz.

El riesgo sistémico del petróleo en Medio Oriente

La fragilidad de la economía global, que aún no termina de asimilar los efectos de la pandemia y la guerra comercial entre China y Estados Unidos, encuentra ahora un nuevo foco de inestabilidad. No se trata solo de un incremento puntual en el precio del combustible, sino de una amenaza estructural al suministro energético.

En esta región se concentra el 48% de las reservas mundiales de petróleo. Durante 2023, la zona produjo el 33% de todo el crudo comercializado en el planeta. La escala del riesgo es evidente: el estrecho de Ormuz, punto crítico bajo la influencia de Irán, permitió el paso del 20% del suministro energético global en 2018.

Si este paso se cerrara, los precios alcanzarían niveles sin precedentes. El Banco Mundial ha proyectado tres escenarios de interrupción. El más leve reduciría el suministro en 2 millones de barriles diarios, elevando el precio a un rango de 93 a 102 dólares. Un escenario medio, con pérdidas de entre 3 y 5 millones de barriles, situaría el barril entre 109 y 121 dólares.

El peor escenario implica una reducción de entre 6 y 8 millones de barriles diarios, lo que podría disparar los precios por encima de los 150 dólares. Para que esto ocurra, la entrada formal de Irán en el conflicto es la pieza clave.

La arquitectura de una posible guerra regional

Irán ya proporciona armamento, financiamiento y logística a Hamás y Hezbolá. La inteligencia de Estados Unidos e Israel confirma este apoyo. Teherán ha amenazado con intervenir si Washington se involucra militarmente, lo que podría transformar una guerra localizada en un conflicto duradero y devastador.

El periodista Kidon Rachman compara la situación actual con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Así como Serbia y Austria arrastraron a potencias mayores, Israel actúa hoy como representante de los intereses estadounidenses, mientras Hamás y Hezbolá operan como brazos de Irán.

Este tablero geopolítico interesa a Rusia y China. Ambos países se benefician de que Estados Unidos agote tiempo, dinero y recursos en un frente mediooriental, desviando la atención y el apoyo militar que actualmente fluye hacia Ucrania.

Si Irán decidiera atacar, probablemente activaría su red de aliados en Siria, Irak, Yemen y Bahrein. El recuerdo del ataque a las instalaciones de Saudi Aramco en 2019 advierte que el suministro de Arabia Saudita es vulnerable. Una intervención estadounidense con portaaviones podría, a su vez, empujar a Rusia y China a brindar apoyo militar a Teherán.

El impacto interno en las finanzas israelíes

La guerra ocurre en casa. Esto implica costos operativos masivos y una parálisis económica inmediata. La evacuación de 250.000 personas y la movilización de 360.000 reservistas han vaciado tiendas, restaurantes y centros de ocio. El turismo se ha desplomado y las aerolíneas han cancelado la mayoría de sus vuelos.

En el sector energético, el cierre temporal del campo de gas natural Tamar, operado por Chevron, supone una pérdida de 200 millones de dólares mensuales. A esto se suma la pérdida de cosechas agrícolas por la falta de mano de obra y despidos masivos en diversas industrias ante la caída de la demanda.

El gobierno de Benjamin Netanyahu presentó un plan de 1.000 millones de dólares para rescatar las zonas afectadas. Sin embargo, 300 economistas israelíes exigieron más fondos y la suspensión de cualquier gasto no crítico, incluyendo los acuerdos de coalición política.

La situación financiera es tensa. El shequel ha caído a su nivel más bajo en 14 años y la bolsa de valores ha perdido cerca del 10% en el año. El sector tecnológico, que representa el 48% de las exportaciones del país, ya venía debilitado antes del conflicto.

Inestabilidad política y el desplome de la inversión

Israel no solo lucha contra un enemigo externo, sino contra una crisis de gobernabilidad interna. El intento de imponer una reforma judicial ha generado protestas masivas y una profunda desconfianza en los mercados.

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La inversión en tecnología es el termómetro de esta crisis. En 2021, las empresas tecnológicas recibieron más de 27.000 millones de dólares. En 2022, esa cifra cayó a la mitad. Tras las protestas por la reforma judicial, las inversiones se desplomaron un 68% más.

El profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Michael Stasinski, advierte que el último trimestre de 2023 podría sufrir una contracción del 15% en términos anualizados.

Agencias como Moodys Investor Service, Standard & Poor's y Fitch Ratings han advertido que una prolongación del conflicto podría derivar en una rebaja de la calificación de la deuda soberana. El Banco Central de Israel ya ajustó su previsión de crecimiento para 2023, bajándola del 3% al 2.3%.

El efecto dominó sobre la seguridad alimentaria

El mundo enfrenta lo que el economista jefe del Banco Mundial, Yermit Jill, describe como dos shocks energéticos simultáneos: la guerra en Ucrania y la crisis en Gaza. Esta combinación no solo reduce el poder adquisitivo, sino que encarece la producción de alimentos.

Entre 2019 y 2021, la inseguridad alimentaria severa aumentó en más de 200 millones de personas. La guerra en Ucrania ya había disparado los precios del trigo y los fertilizantes. Un nuevo shock en Medio Oriente agrava la situación de países con baja producción agrícola y alta deuda, como Pakistán, Egipto y Sri Lanka.

Para estas naciones, el aumento de los precios significa importar menos comida. Sin capacidad de crédito debido a la inflación global y la subida de las tasas de interés, el riesgo de hambrunas en África y Asia se vuelve crítico.

Jamie Dimon, director ejecutivo de JP Morgan Chase, ha calificado este momento como el más peligroso en décadas. La estabilidad de Occidente depende de una tranquilidad geopolítica que hoy es inexistente en la región que produce un tercio del petróleo mundial.

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Perspectivas regionales y la fragilidad del crecimiento

La Unión Europea es la región más vulnerable, ya que sus precios de energía y alimentos están al límite tras el conflicto ruso. Estados Unidos muestra una resiliencia sorprendente, con un crecimiento anual cercano al 5% en el tercer trimestre, pero este vigor no lo hace inmune a un nuevo choque energético.

China, el mayor importador de petróleo del mundo, se vería severamente perjudicada. Beijín obtiene gran parte de su crudo a precios preferenciales del Golfo Pérsico y ya lucha contra una crisis inmobiliaria interna.

En la región inmediata, el Fondo Monetario Internacional señala que el turismo y el transporte de mercancías serán los sectores más golpeados. El riesgo de un aumento masivo de refugiados crecerá a medida que la guerra se prolongue.

A pesar de esto, Israel mantiene ciertas fortalezas. Su deuda ronda el 60% del PIB y posee reservas de divisas de 170.000 millones de dólares. El apoyo económico de Estados Unidos sostiene la maquinaria de guerra por ahora.

La paradoja reside en que, mientras Israel posee la solvencia financiera para resistir la batalla inmediata, su estabilidad a largo plazo depende de una paz que el ataque de Hamás parece haber diseñado para destruir. El costo final de la victoria podría ser una economía quebrada, mientras el mundo observa cómo el barril de crudo amenaza con superar los 150 dólares.

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