Venezuela: del auge petrolero al colapso sistémico

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¿Cómo pudo el país más rico de Latinoamérica transformarse en el epicentro de una crisis humanitaria sin precedentes en tan pocos años? La respuesta no reside en un evento aislado, sino en una trayectoria de contrastes violentos que llevaron a Venezuela desde la opulencia de la 'Venezuela Saudita' hasta un colapso sistémico donde la pobreza es ahora la norma.

El espejismo de la prosperidad petrolera en la Venezuela Saudita

Entre finales de los años 50 y mediados de los 80, Venezuela vivió un periodo de expansión económica que intimidaba al resto de la región. El país experimentó un auge prolongado gracias a la nacionalización de la industria petrolera, que arrebató el control a las corporaciones estadounidenses y europeas para trasladar los beneficios a las arcas estatales. Durante este tiempo, la nación fue apodada el 'Millonario de América'.

La estabilidad era la norma. Entre 1959 y 1983, la tasa de desempleo se mantuvo en torno al 10%, una cifra inédita en estabilidad para el contexto sudamericano. El crecimiento promedio del Producto Interno Bruto alcanzó el 4,3%, mientras la inflación permanecía controlada, permitiendo que la moneda tuviera un poder adquisitivo envidiable.

Esta solvencia se tradujo en un consumo conspicuo. Los venezolanos no solo adquirían múltiples propiedades y vehículos, sino que se convirtieron en los principales compradores de whisky a nivel global. Miami se transformó en el destino predilecto para adquirir moda y bienes raíces, consolidando a la clase media en el pico de su capacidad de gasto.

No todo era modernidad bajo el mando de Marcos Pérez Jiménez

Es un error creer que la infraestructura de primer mundo surgió espontáneamente con la democracia. Antes de 1958, el régimen militar de Marcos Pérez Jiménez impulsó una gestión técnica agresiva. A pesar de las torturas y encarcelamientos arbitrarios contra la disidencia, su gobierno ejecutó obras civiles monumentales.

Se construyeron autopistas que atravesaban montañas, hospitales, universidades y hoteles de lujo. Los gobiernos civiles posteriores heredaron un país ya repotenciado. Esta base material, sumada al boom petrolero, generó una armonía temporal entre los poderes cívicos y militares.

Sin embargo, el crecimiento era superficial. La riqueza no permeó hacia los estratos más bajos. Mientras se erigían los edificios más altos de América Latina y se creaban museos de clase mundial, el analfabetismo persistía en las zonas rurales.

El Plan Mariscal Ayacucho y las grietas del sistema

El presidente Carlos Andrés Pérez intentó diversificar la apuesta mediante la educación. Justo antes del embargo petrolero de 1973, terminó de nacionalizar la industria y aprovechó el disparo de los precios internacionales para masificar la enseñanza. El Plan Mariscal Ayacucho buscaba formar la élite intelectual que conduciría el desarrollo del país.

A pesar de estos esfuerzos, la estructura social seguía siendo excluyente. Si alguien nacía en la pobreza, las probabilidades de morir en ella eran altísimas. El sistema educativo, aunque prestigioso en sus universidades, no lograba erradicar la marginación básica.

La corrupción empezó a pudrir los cimientos. Las élites políticas construyeron redes de millonarios basadas en la hermandad y la amistad. El sociólogo Tulio Hernández sostiene que la renta petrolera intoxicó la transición hacia una cultura democrática, impidiendo un desarrollo armónico.

La caída libre desde el Caracazo hasta el ascenso de Chávez

El castillo de naipes se derrumbó en 1983 con la caída de los precios del crudo. La escasez de recursos dejó al descubierto la magnitud de los desfalcos estatales. El malestar social acumulado durante décadas explotó el 27 de febrero de 1989 con el Caracazo, una ola de saqueos y protestas en Guarenas y Caracas detonada por el aumento del costo de la gasolina.

La respuesta estatal fue brutal y dejó cientos de muertos. Este caos fue la semilla ideológica para que un grupo de militares, liderados por Hugo Chávez, intentara un golpe de Estado en 1992. Aunque el asalto fracasó y Chávez terminó preso, su figura emergió como el símbolo de la revancha de los olvidados.

Chávez capitalizó el odio hacia la 'Cuarta República', ese sistema dominado por la alianza de los partidos Acción Democrática y Copei. Estos partidos se habían repartido el poder y los contratos petroleros durante tres décadas, enriqueciendo a una casta política mientras la base social se hundía.

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El giro radical del Socialismo del Siglo XXI

En 1998, Chávez llegó al poder con el 56% de los votos. Su primera medida fue cambiar la Constitución para instaurar una democracia más participativa, aunque esto también le otorgó mayores facultades para gobernar sin restricciones.

Para los sectores más pobres, Chávez fue una luz. Implementó programas de salud, educación gratuita y entrega de viviendas, acciones que millones percibieron como un rescate frente a la indiferencia de los mandatarios anteriores. No obstante, este avance social tenía un costo político: la polarización extrema.

El gobierno se volvió autoritario. Quienes no se alineaban con la revolución fueron etiquetados como 'escuálidos'. Chávez tomó el control de los poderes legislativo, judicial y electoral, cerrando medios de comunicación y aplastando la disidencia. Bajo la influencia de Fidel Castro, impulsó el Socialismo del Siglo XXI, creando milicias populares para asegurar que el poder no saliera de sus manos.

La destrucción del aparato productivo y la era de los enchufados

El modelo económico de Chávez fue la antítesis de la diversificación. En lugar de invertir en industria, inició una campaña de expropiaciones masivas. El Estado tomó el control de empresas privadas, que terminaron quebradas por la ineficiencia de los mandos políticos y la corrupción sistémica.

Apareció entonces el fenómeno de los 'enchufados': una nueva burguesía que, sin ser necesariamente familia del presidente, prosperaba gracias a sus conexiones con el gobierno y la malversación de fondos. Se estima que en dos décadas se perdió más de 1 billón de dólares debido a la corrupción desenfrenada.

La economía se volvió totalmente dependiente de la PDVSA. Al destruir la agricultura y la manufactura, Venezuela quedó a merced de los precios internacionales del petróleo. Cuando el precio del crudo volvió a caer, el país no tenía un plan B; solo tenía una deuda masiva y una industria petrolera deteriorada.

El colapso final bajo el mando de Nicolás Maduro

Nicolás Maduro heredó un país que ya estaba en ruinas. Tras una victoria electoral cuestionada frente a Henrique Capriles, Maduro enfrentó una recesión profunda y una inflación que devoró los salarios. La escasez de alimentos y medicinas se volvió crónica, revirtiendo los logros sociales de la etapa anterior.

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La oposición logró ganar la Asamblea Nacional en 2015, pero el régimen bloqueó el parlamento a través del poder judicial. La clase media desapareció. Personas que hace años compraban casas en Miami se vieron obligadas a vender sus pertenencias para sobrevivir.

La única vía de escape fue la migración. Millones de personas, incluyendo profesionales con títulos universitarios, abandonaron el territorio en uno de los éxodos más grandes de la historia moderna. Este drenaje de capital humano dejó a las industrias sin personal capacitado y a la economía sin capacidad de innovación.

Hoy, la inversión privada es inexistente porque más del 80% de la población vive en la pobreza. El país que alguna vez fue el destino de inmigrantes buscando fortuna es ahora la fuente de una diáspora masiva.

Mientras que hace décadas Venezuela poseía la infraestructura más moderna de la región y el mayor poder adquisitivo de Latinoamérica, actualmente su población se divide estrictamente entre una élite de poder y una mayoría sumida en la miseria.

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