Luis Echeverría detonó la caída del Milagro Mexicano

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La economía mexicana arrastró durante cuatro décadas las consecuencias de una gestión que triplicó la deuda externa en apenas seis años. El colapso de la estabilidad monetaria en 1976 no fue un accidente aislado, sino la ruptura violenta de un modelo que había mantenido la inflación bajo control y el crecimiento sostenido durante casi dos décadas.

¿Qué sostuvo realmente el Milagro Mexicano?

El periodo comprendido entre 1958 y 1970 representó una anomalía positiva en la historia financiera del país. México logró un crecimiento económico promedio del 6.6% anual, mientras que la inflación se mantenía en un disciplinado 2.2%. Este fenómeno no surgió de la nada; fue la aplicación rigurosa del plan de Antonio Ortiz Mena, quien diseñó el Desarrollo Estabilizador.

El objetivo era claro: crecimiento hacia adentro. El Estado priorizó la sustitución de importaciones para que el país produjera lo que consumía, estimulando la industria nacional mediante subsidios y ventajas fiscales.

Fue una arquitectura de protección rígida. El gobierno mantenía un tipo de cambio fijo de 12.5 pesos por dólar y blindaba a las empresas locales de la competencia extranjera. Para asegurar la paz social y la operatividad, el Estado llegó a garantizar que rescataría a las empresas privadas en caso de quiebra, financiando sus malas inversiones para evitar el desempleo masivo.

El sistema funcionó porque coincidió con la edad de oro del capitalismo global. Entre 1954 y 1970, las potencias capitalistas vivieron una prosperidad irrepetible, permitiendo que México se insertara en la economía mundial con una productividad industrial que pasó del 21% de la producción nacional en 1950 a casi el 30% al cierre del ciclo.

El costo invisible de la estabilidad

Nada fue gratuito.

Mientras las cifras macroeconómicas brillaban, la distribución del ingreso se volvía más regresiva. Las clases medias y altas capturaron la mayor parte de los beneficios, mientras que el sector agrícola se rezagaba por la falta de acceso a tecnología extranjera.

El control económico requería un control político absoluto. El régimen de Gustavo Díaz Ordaz sofocó cualquier disidencia que amenazara la paz forzada. El evento más oscuro de este periodo ocurrió en 1968, cuando el ejército abrió fuego contra estudiantes y trabajadores en Tlatelolco, dejando cientos de muertos. La prosperidad económica era el velo que cubría una represión sistemática.

Luis Echeverría y el giro hacia el Desarrollo Compartido

La transición de poder en 1970 marcó el inicio del fin. Luis Echeverría Álvarez llegó a la presidencia con una visión distinta a la de Ortiz Mena. Mientras el anterior secretario de Hacienda buscaba el equilibrio monetario, Echeverría propuso el Desarrollo Compartido, un modelo que pretendía corregir las desigualdades sociales del milagro mediante un gasto público agresivo.

Echeverría no era un extraño en la maquinaria del Estado. Había escalado posiciones desde la Secretaría de Gobernación y, durante la tragedia de 1968, intentó ilegalmente deslindar a Díaz Ordaz asumiendo la responsabilidad de la intervención militar.

Su ascenso fue la recompensa por esa lealtad al partido.

La gestión económica que detonó la crisis

El nuevo modelo se basó en la expansión desmedida del gasto público. El Estado comenzó a comprar empresas privadas al borde de la quiebra para evitar despidos, pero en lugar de sanearlas, las convirtió en focos de ineficiencia y corrupción. El resultado fue un drenaje constante de los recursos nacionales.

La confianza de la inversión privada se evaporó.

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El impacto en las variables financieras fue devastador y rápido. El tipo de cambio, que había sido una roca durante 15 años, se desplomó hasta alcanzar los 25.5 pesos por dólar al final de su mandato. La deuda externa, que inició en 6,000 millones de dólares, terminó superando los 20,000 millones de dólares.

La inflación, que el país había olvidado, se disparó hasta un 126.06%. Echeverría no solo terminó con el crecimiento del 6%, sino que instauró una cultura de devaluaciones recurrentes que azotaría a México durante las siguientes cuatro décadas.

El uso de los Halcones y la represión clandestina

La crisis económica corrió paralela a una violencia estatal sofisticada. Echeverría creó un grupo paramilitar clandestino conocido como Los Halcones, diseñado para desmantelar protestas estudiantiles y obreras sin dejar rastro oficial de la intervención gubernamental.

En 1971, este grupo reprimió violentamente una manifestación pacífica en Ciudad de México. Los heridos y muertos fueron el resultado de una orden directa de represión.

Esta brutalidad empujó a sectores de izquierda hacia la clandestinidad. Grupos como la Liga Comunista 23 de Septiembre y las Fuerzas Armadas Revolucionarias optaron por la lucha armada, respondiendo a un Estado que utilizaba desapariciones forzadas, torturas sistemáticas y asesinatos extrajudiciales.

Incluso la cultura fue censurada. El gobierno prohibió la música rock en un periodo conocido como el Avándaro, vetando conciertos y grabaciones hasta bien entrada la década de los 80.

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El efecto dominó desde 1976 hasta el siglo XXI

El cierre del sexenio de Echeverría en 1976 no fue el final de la tormenta, sino la primera ficha de un dominó financiero. La desestabilización de aquel periodo sentó las bases para la crisis de la deuda externa de 1982 y, posteriormente, para el colapso bancario de 1994.

El país pasó de ser el modelo de desarrollo de la región a un ejemplo de vulnerabilidad monetaria. El proteccionismo extremo, que alguna vez impulsó la industria, terminó por debilitar las finanzas públicas al crear oligopolios ineficientes.

El costo de estas decisiones sigue vigente. Los ciudadanos mexicanos continúan financiando, a través de sus impuestos, las repercusiones de un modelo que priorizó la expansión política sobre la disciplina fiscal.

La historia económica de México demuestra que el crecimiento sin equidad social y la estabilidad basada en la represión son estructuras frágiles. El paso del Desarrollo Estabilizador al Desarrollo Compartido terminó en una devaluación del peso superior al 70%.

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