
¿Cómo puede un hombre que trabajó como lustrabotas terminar gobernando el país más grande de habla hispana y, al mismo tiempo, ejecutar el desmantelamiento del partido que lo llevó al poder? La trayectoria de Ernesto Zedillo Ponce de León no es una línea recta, sino una serie de contradicciones donde la carencia extrema y el poder absoluto convergen en un mismo personaje.
El ascenso de un tecnócrata desde la precariedad
La infancia de Zedillo estuvo marcada por una movilidad forzada y una pobreza asfixiante. Su familia emigró desde la Ciudad de México hacia Mexicali en busca de oportunidades que nunca llegaron plenamente; el padre era electricista y la madre abandonó sus estudios para sobrevivir. En ese entorno, el futuro presidente aprendió la crudeza del mercado laboral vendiendo periódicos y lustrando zapatos para ayudar al sustento del hogar.
Esta etapa dejó una marca indeleble: la muerte de su madre a los 38 años, víctima de las condiciones de miseria en las que vivían.
A los 19 años, Zedillo identificó en el PRI la única vía real hacia la movilidad social y el mando político. No se dejó seducir solo por la militancia, sino que apostó por una formación académica de élite. Se graduó como economista en el Instituto Politécnico Nacional y, mediante una combinación de becas gubernamentales y su sueldo como auditor en Banjército, financió un doctorado en la Universidad de Yale. Este bagaje lo posicionó como un cuadro técnico indispensable para el régimen, alejándolo del perfil del político tradicional y acercándolo al modelo de gestión neoliberal.
El accidente político que abrió la puerta a Los Pinos
El camino hacia la presidencia no estaba trazado para él en primera instancia. Zedillo operaba bajo la tutela de Leopoldo Solís Manjarrez y servía como secretario de Educación bajo el mando de Carlos Salinas de Gortari. Su destino parecía ligado al crecimiento gradual dentro de la estructura del partido, proyectándose como un sucesor a largo plazo bajo el ala de Luis Donaldo Colosio.
Sin embargo, la tragedia alteró el tablero.
El asesinato de Colosio en 1994 generó un vacío de poder que Salinas de Gortari decidió llenar con Zedillo. Fue así como el economista alcanzó la candidatura presidencial, aunque su victoria fue sintomática de un desgaste profundo. Obtuvo el 48,69% de los votos, la cifra más baja registrada en los 65 años de hegemonía del partido. A pesar de la debilidad numérica, su elección fue la primera del PRI sin sospechas reales de fraude, gracias a que impulsó la creación de órganos electorales independientes que legitimaron su llegada al cargo.
Colapso financiero y el rescate del Efecto Tequila
Apenas tres semanas después de asumir el mando, México se hundió en una de las crisis económicas más severas de su historia moderna. El fenómeno conocido como el Efecto Tequila provocó que el peso perdiera el 60% de su valor hacia finales de 1995. El desastre fue la consecuencia de una fuga de capitales que inició tras la muerte de Colosio y culminó con la decisión de Zedillo de dejar flotar la moneda.
Para evitar la bancarrota total, el gobierno recurrió a un préstamo del Fondo Monetario Internacional por 51.000 millones de dólares, respaldado por Washington.
El costo de este salvavidas fue drástico. Estados Unidos exigió que México depositara 7.000 millones de dólares anuales de sus ingresos petroleros en un banco estadounidense como garantía. Internamente, Zedillo aplicó un plan de austeridad severo: congeló salarios, subió impuestos y elevó las tarifas de los servicios públicos. Mientras el país enfrentaba un índice de pobreza del 40%, el presidente decidió rescatar a la banca privada mediante el Fobaproa, convirtiendo en deuda pública un monto de 552.000 millones de pesos.
La violencia estatal en Chiapas y Acteal
El gobierno de Zedillo no solo lidió con la economía, sino con una insurgencia indígena que puso en jaque la estabilidad social. El alzamiento del EZLN en Chiapas fue un problema heredado que el presidente intentó gestionar con una mezcla de torpeza militar y acuerdos superficiales. Aunque en 1996 se firmaron los Acuerdos de San Andrés, el subcomandante Marcos denunciaría posteriormente el incumplimiento de los mismos.

El punto más oscuro de esta gestión ocurrió el 22 de diciembre de 1997.
En la comunidad de Acteal, paramilitares atacaron a integrantes de la organización Las Abejas, asesinando a 45 personas, entre ellas mujeres y niños. El uso de armas exclusivas del ejército sugirió una complicidad gubernamental en la formación de estos grupos represores. Este evento, sumado a la matanza de 17 campesinos en Aguas Blancas, Guerrero, en 1995, manchó la imagen de un presidente que se presentaba como un reformista moderado.
El desmantelamiento de la dictadura perfecta
Paradójicamente, el mayor éxito de Zedillo fue facilitar el fin de la hegemonía de su propio partido. A diferencia de sus antecesores, entendió que la supervivencia del Estado requería una liberalización del sistema político. En 1996, impulsó una reforma electoral que excluyó al Ejecutivo de la integración del organismo electoral, sentando las bases de lo que hoy es el INE.
Este proceso tuvo efectos inmediatos. En las elecciones legislativas de 1997, el PRI perdió por primera vez la mayoría en la Cámara de Diputados.
La fragmentación del poder fue total cuando Cuauhtémoc Cárdenas ganó la jefatura del entonces recién creado gobierno del Distrito Federal. Zedillo tuvo que aceptar que ya no gobernaba un partido de Estado, sino una entidad política en declive. Para cerrar el ciclo, interrumpió la práctica del 'dedazo' y permitió que el candidato del PRI para el año 2000, Francisco Labastida, fuera elegido mediante primarias abiertas.
De la austeridad pública al éxito corporativo
Tras dejar la presidencia, Zedillo se transformó en un consultor global. Rechazó la dirección de la Organización Mundial del Comercio en 2005 y se integró a consejos de administración de firmas internacionales. Su transición al sector privado fue tan eficiente que acumuló una fortuna estimada en más de 11 millones de dólares en títulos accionarios.

Entre sus inversiones destacan participaciones en Procter & Gamble, Alcoa y Union Pacific. De manera particular, su relación con el City Group le permitió generar ingresos que superan seis veces lo que percibió como salario durante todo su mandato presidencial.
Su gestión dejó una huella ambivalente. Por un lado, privatizó el sistema ferroviario mexicano entregando concesiones de hasta 50 años a privados; por otro, creó la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. Incluso renunció voluntariamente a una parte de su pensión vitalicia, un hecho inusual en la clase política mexicana.
El hombre que inició su vida lustrando zapatos terminó su mandato entregando la banda presidencial a Vicente Fox, cerrando así un ciclo de poder ininterrumpido que había comenzado con la Revolución Mexicana y que finalizó el 1 de diciembre de 2000.