
El 10 de abril de 1815, mientras Napoleón Bonaparte se encaminaba a su derrota en Waterloo, el monte Tambora en Indonesia detonaba con una violencia que aniquiló poblaciones enteras. La explosión fue audible a 2,600 kilómetros y la masa de fuego líquido se cobró 85,000 vidas. Este precedente geológico sirve para dimensionar la escala del peligro que representa el Popocatépetl para una zona metropolitana que hoy concentra a 22 millones de personas.
La anatomía de un estratovolcán y su letalidad
El Popocatépetl no es una montaña inerte, sino un sistema activo con 5,400 metros sobre el nivel del mar. Su estructura se define como un estratovolcán, lo que significa que está compuesto por capas alternas de lava endurecida, cenizas y pómices. A diferencia de los volcanes tipo escudo, su lava es viscosa y se enfría rápidamente, lo que obstruye los conductos y provoca erupciones explosivas.
Esta configuración lo sitúa en el Cinturón de Fuego del Pacífico, una región que abarca 40,000 kilómetros y concentra el 75% de los volcanes del planeta. La peligrosidad del volcán no radica solo en su potencia, sino en su ubicación. Se encuentra a apenas 72 kilómetros de la Ciudad de México y a solo 43 kilómetros de Puebla.
El Popocatépetl no es una estructura única
Lo que vemos hoy es el resultado de un ciclo de destrucción y reconstrucción que se extiende por medio millón de años. El cono actual descansa sobre los restos de tres erupciones plinianas previas, similares a la que sepultó Pompeya.
Primero estuvo el Nexpayantla, que colapsó hace más de 400,000 años. Luego surgió el Ventorrillo, con una actividad registrada hace unos 23,000 años. Finalmente, el volcán El Fraile fue destruido hace 14,500 años. Los estudios paleomagnéticos sitúan la edad total del sistema en 730,000 años.
Los materiales que determinarían el desastre
Una erupción de gran magnitud no se limita a la expulsión de lava. El escenario más crítico implica flujos piroclásticos, que son avalanchas de gases, ceniza y agua capaces de desplazarse a 250 km/h. A esto se suman las oleadas de piroclásticos, mezclas calientes entre 300 y 400 grados centígrados que pueden alcanzar los 500 km/h.
El aire se convertiría en un vehículo de transporte para cenizas y gases. Los materiales suspendidos en la pluma eruptiva viajarían cientos de kilómetros según la dirección del viento.
¿Qué pasaría realmente en la Ciudad de México?
Existe la creencia de que el magma llegaría a la capital, pero el Senapred calcula que la extensión máxima de la lava sería de 2 kilómetros hacia el noreste. El riesgo directo por magma se concentra en Puebla, Morelos y el Estado de México.
Sin embargo, la capital sufriría el impacto de los gases y la ceniza. Las oleadas piroclásticas pueden desplazarse a más de 50 kilómetros, lo que provocaría incendios en bosques y pastizales, especialmente en temporadas de sequía.
Casi toda la ciudad se vería afectada. Alcaldías como Milpa Alta, Tláhuac, Xochimilco, Iztapalapa, Chalco e Iztacalco estarían en la zona de mayor impacto. Otras delegaciones, como Magdalena Contreras o Miguel Hidalgo, recibirían la afectación en menor medida.
El peligro invisible de los gases volcánicos
Más allá de la ceniza, el riesgo más letal es la emanación de gases. El magma libera monóxido de carbono, un veneno silencioso que mata sin aviso, y dióxido de carbono, que provoca asfixia al desplazar el oxígeno del aire.
Existen otros gases como el dióxido y trióxido de azufre. Estos son tóxicos, pero su olor irritante permite detectarlos. El problema es que los flujos de lodo y las cenizas ocurren con una velocidad que anula cualquier capacidad de escape inmediato.
La paradoja de las emisiones constantes
Entre 1998 y 2004, el volcán arrojó 30 megatoneladas de gases a la atmósfera, principalmente dióxido de azufre y carbono. Esta cifra lo posiciona como uno de los cinco volcanes que más gases emiten a nivel global.

Lejos de ser una señal de alarma inmediata, esta liberación constante actúa como una válvula de escape. Limpia los conductos internos y reduce la presión que, de otro modo, podría detonar una explosión catastrófica.
El mito de Don Goyo y el control social
En las comunidades cercanas, como Santiago Xalitzintla, la ciencia convive con la leyenda. Muchos habitantes creen en la figura de Don Goyo, un anciano que se aparece para advertir sobre las erupciones.
Los llamados "temperos" afirman mantener una conexión sobrenatural con la montaña. Realizan ofrendas y predicciones basadas en esta mística, mientras la UNAM y el Centro Nacional de Prevención de Desastres monitorizan la sismicidad para deducir la ruta del magma.
Eventos históricos y la intervención humana
La historia del volcán está marcada por la recurrencia. Desde la conquista hasta 1720, registró decenas de erupciones. Hubo eventos significativos en 159, 1512, 1519, 1528, 1530, 1539, 1540, 1548, 1562, 1570, 1571, 1592, 1642, 1663, 1664 y 1697.
Un caso disruptivo ocurrió en 1919. Un capataz intentó extraer azufre detonando 28 cartuchos de dinamita en la base del cráter. Esta acción provocó una erupción inducida por el hombre que duró hasta 1927, momento en que el volcán entró en un periodo de reposo.
El riesgo hídrico y la lluvia ácida
El peligro no termina con el fuego. En la cara noroeste del volcán se acumulan 17 millones de metros cúbicos de hielo. Si una erupción derrite estos glaciares, se producirían inundaciones catastróficas en comunidades como San Nicolás de los Ranchos y San Pedro Benito Juárez.

El agua resultante, mezclada con ceniza y gases, generaría lluvia ácida. Este fenómeno destruiría cosechas y contaminaría mantos acuíferos, agravando el desastre humano y económico.
Protocolos de supervivencia ante la actividad
La Protección Civil Mexicana mantiene un semáforo de alerta que actualmente se encuentra en amarillo. Este nivel indica que no se debe acceder al volcán, pero no implica una evacuación masiva inmediata.
En caso de erupción, la recomendación es permanecer en edificios y usar mascarillas y lentes protectores. Es crítico no tirar cenizas en las coladeras, ya que el material se endurece y obstruye la red de drenaje. Además, se debe evitar el consumo de alimentos o agua contaminados con material volcánico.
El Popocatépetl es uno de los cinco volcanes activos con mayor probabilidad de erupción a corto plazo. La gestión del riesgo depende ahora de la capacidad de respuesta ante la movilización de esos 17 millones de metros cúbicos de hielo.