Ciudades subterráneas de Turquía: refugios de la humanidad

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La mayoría de los visitantes que llegan a Turquía se limitan a contemplar la superficie, dejándose llevar por la monumentalidad de Santa Sofía o las vistas del Bósforo. Esta mirada superficial ignora que el verdadero centro de gravedad histórico del país se encuentra enterrado. Bajo la tierra existen redes de ciudades que funcionan como colmenas humanas, donde la arquitectura no se elevó hacia el cielo, sino que se invirtió para buscar refugio en las profundidades.

La geología de Capadocia permitió el desplome de la arquitectura tradicional

La proliferación de asentamientos subterráneos en Capadocia no responde a una coincidencia cultural, sino a una condición geológica específica. En el tercer periodo geológico, la meseta de Anatolia sufrió una compresión que, sumada a erupciones volcánicas posteriores, depositó capas de ceniza que formaron la toba. Esta roca caliza, también conocida como travertino, posee la consistencia exacta para ser excavada sin herramientas complejas y, al mismo tiempo, mantiene la estabilidad estructural de niveles que alcanzan decenas de metros de profundidad sin colapsar.

Sobre esta toba, la naturaleza añadió una capa de basalto que se agrietó con el tiempo. Las lluvias y los cambios térmicos erosionaron la roca blanda, creando las famosas chimeneas de hadas. Este escenario fue el lienzo perfecto para que los primeros arquitectos de la región abandonaran la superficie.

¿Fueron los túneles una respuesta al Dryas Reciente?

Existe una disputa abierta sobre el origen de estas excavaciones. El escritor británico Graham Hancock sostiene que las ciudades subterráneas surgieron como refugios contra una glaciación catastrófica provocada por el impacto de un asteroide. Según esta tesis, el fenómeno conocido como el Dryas Reciente, ocurrido entre hace 12.900 y 11.700 años, revirtió el calentamiento del Pleistoceno y obligó a las poblaciones del Creciente Fértil a buscar protección bajo tierra para sobrevivir a un frío extremo.

La evidencia botánica respalda la existencia del evento climático: la planta Dryas octopetala aparece fosilizada en sedimentos de diversas regiones, desde Groenlandia hasta Filipinas y Venezuela. Sin embargo, la academia rechaza la visión de Hancock. Los expertos sostienen que los túneles nacieron originalmente para el almacenamiento de bienes y alimentos, evolucionando gradualmente hacia complejos habitacionales.

Los hititas y la construcción de los primeros refugios

Mucho antes de que el cristianismo marcara la región, los hititas ya dominaban el arte de la excavación en la toba suave. Esta civilización de la Edad del Bronce, asentada en Anatolia Central hacia el 2300 a.C. y consolidada en el imperio con capital en Hattusa hacia el 1650 a.C., estableció una de las potencias más agresivas del Medio Oriente. Lucharon contra egipcios, asirios y hurritas, dejando como hito la batalla de Kadesh contra Ramsés II.

Los hititas fueron los primeros en comprender que la tierra podía ofrecer seguridad y vivienda. Es probable que fueran los ancestros de los legendarios troyanos descritos por Homero. Su legado técnico permitió la creación de una red de unos 200 asentamientos, entre los que destaca Jgor. Esta ciudad, descubierta oficialmente en 2019 pero conocida localmente desde hacía décadas, se extiende sobre 1,2 millones de metros cuadrados.

Derinkuyu y la escala de la supervivencia cristiana

Cuando el Imperio Romano comenzó la persecución de los cristianos y judíos entre los siglos II y III, la infraestructura subterránea se volvió vital. Derinkuyu es el ejemplo más emblemático de esta transición. Aunque sus capas más antiguas fueron obra de los frigios alrededor del 600 a.C., los cristianos bizantinos la expandieron masivamente entre los siglos VIII y XII.

La ciudad alcanza los 40 metros de profundidad y consta de entre 18 y 20 niveles. En su apogeo, pudo albergar a 20.000 personas que vivían ocultas del mundo exterior. No era un simple escondite, sino una urbe completa con talleres, iglesias y sistemas de ventilación sofisticados.

El hallazgo de Midyat y el récord de capacidad

Durante mucho tiempo se consideró a Derinkuyu la estructura más grande de Turquía, pero el año 2020 cambió la escala de los descubrimientos. Bajo la actual ciudad de Midyat, los arqueólogos localizaron un complejo denominado la Ciudad de las Cuevas. Este asentamiento pudo dar refugio a hasta 70.000 cristianos y judíos perseguidos por Roma.

La magnitud de este sitio redefine la comprensión del pánico religioso de la época. No se trataba de grupos aislados, sino de desplazamientos masivos de población que trasladaron su vida social y económica al subsuelo para evitar el exterminio.

Kaymakli y la organización social bajo tierra

A unos 80 kilómetros de Jgor se encuentra Kaymakli, una de las ciudades mejor preservadas. Con ocho niveles que descienden hasta los 85 metros, este complejo albergaba a más de 3.000 personas. Sus arquitectos fueron los frigios, un pueblo que anteriormente había competido por los recursos de Anatolia con los hititas y que terminó siendo absorbido por Roma en el 133 a.C.

El diseño de Kaymakli priorizaba la funcionalidad logística. El sistema incluye establos, cámaras de almacenamiento de granos y pozos de aire que servían de soporte vital. Aquí, el almacenamiento de ganado y agua era tan prioritario como la protección contra las invasiones.

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El laberinto de Osc Konak y la guerra psicológica

A diferencia de los grandes centros urbanos, Osc Konak ofrece un diseño más íntimo y agresivo. Fundada hacia el siglo IV a.C. por bizantinos y posteriormente ocupada por persas y romanos, esta ciudad se caracteriza por sus pasillos confusos. El trazado fue creado deliberadamente como un laberinto para desorientar a cualquier enemigo que lograra infiltrarse.

La comunicación entre sus diez niveles se realizaba a través de aberturas estrechas, lo que sugiere una vida social intensamente jerarquizada y controlada. Sus ventilas, de apenas 5 centímetros, permitían la entrada de aire sin exponer la posición de los habitantes. Fue redescubierta en 1972 por un agricultor que notó filtraciones irregulares de agua en su terreno.

La red de Zja y la diversidad de Oslu

Bajo la villa de Masi se encuentra Zja, descubierta en 1995 por un pastor. Con ocho niveles y cuatro entradas, su tamaño compite con Kaymakli y Derinkuyu, destacando especialmente por poseer una iglesia más grande y mejor construida que la de otros asentamientos.

En contraste, Oslu representa la escala mínima de este fenómeno. Tiene un solo nivel y se distingue porque la toba donde fue excavada presenta colores variados. Fue un asentamiento griego y es uno de los pocos lugares que mantuvo una población griega significativa tras los intercambios forzados de población impuestos por el gobierno turco.

El agua de Constantinopla y las cisternas imperiales

La obsesión por el subsuelo no se limitó a Capadocia; Estambul también desarrolló una ingeniería subterránea masiva. Durante el reinado de Constantino y posteriormente con Justiniano en el 537, se construyó un sistema de cisternas para asegurar el suministro hídrico de la antigua Bizancio.

La Cisterna Basílica, o Yerebatan Sarnıcı, es la más impresionante. Con dimensiones de 143 metros de largo por 65 de ancho, puede almacenar 17,5 millones de galones de agua. La estructura se apoya sobre 336 columnas corintias dispuestas en 12 filas. Otros complejos, como la cisterna de Teodosio, utilizaron paredes curvas para mantener la presión del agua proveniente de los acueductos sin necesidad de bombas mecánicas.

Boro y el valor estratégico del suelo turco

Más allá de la arqueología, la tierra turca posee un valor mineral crítico. El país controla el 73,2% de las reservas mundiales de boro. Este mineral es la base del carburo de boro, uno de los materiales más duros del planeta, utilizado en abrasivos, refractarios y, fundamentalmente, para absorber neutrones en reactores nucleares.

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Esta riqueza mineral es el eje de la estrategia económica actual del Estado. Hace dos años, Turquía generó ingresos por 1.300 millones de dólares gracias al refinado de este mineral, con la esperanza de que el boro sea la herramienta para estabilizar su economía nacional.

La paradoja de la preservación en Éfeso

En la superficie, la historia también lucha contra el tiempo. En Éfeso se encuentran los restos del Templo de Artemisa, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Construido en tres etapas y destruido por los godos en el año 268, el templo permaneció oculto hasta que una expedición del Museo Británico lo localizó en 1869.

Hoy, la mayoría de los artefactos están en Londres y en el sitio solo queda una columna fragmentada. Mientras que las ciudades subterráneas sobrevivieron gracias a que el mundo las olvidó, los monumentos superficiales fueron expuestos y saqueados.

El Estado turco ahora gestiona una contradicción: posee la mayor reserva de boro del mundo y una red de ciudades subterráneas que son la memoria de la humanidad, pero el valor de estas últimas depende enteramente de la inversión en conservación. Actualmente, el gobierno turco destina fondos públicos a la restauración de sitios como Midyat para transformar la infraestructura de refugio en un activo turístico medible en divisas.

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