
Un huésped en un hotel de lujo utiliza su colchón como barricada mientras los vientos rompen los ventanales de la habitación. Fuera, el paisaje de Acapulco se desvanece bajo una tormenta que no avisó con tiempo. Esta escena, vivida durante el impacto del huracán Otis, resume la fragilidad de un destino que alguna vez fue el epicentro del glamour global.
El ascenso y la decadencia de un paraíso diseñado
A finales de los años 30, el presidente Manuel Ávila Camacho impulsó una transformación radical de la zona. Mediante la expropiación de terrenos frente al mar, el gobierno erigió hoteles de exclusividad y un aeropuerto capaz de recibir jets privados. El objetivo era claro: convertir el Pacífico mexicano en un refugio exótico para la élite política y cultural del mundo.
Durante décadas, el éxito fue absoluto. Personalidades como John F. Kennedy pasaron allí su luna de miel y figuras como Elvis Presley y Ringo Starr dejaron su huella en la ciudad. El auge demográfico fue masivo; entre 1920 y 1980, la población saltó de 6,000 a 500,000 habitantes.
Sin embargo, el esplendor empezó a erosionarse en la década de los 70. El gobierno de Luis Echeverría desplazó su interés hacia el desarrollo de Cancún, dejando que la infraestructura de Acapulco envejeciera. Los hoteles lujosos se volvieron tradicionales y el Estado comenzó a ignorar necesidades básicas como salud, vivienda y educación.
La ciudad quedó vulnerable. Los terrenos que el gobierno no expropió terminaron en manos de empresarios con nexos políticos, mientras la pobreza en Guerrero se convertía en el caldo de cultivo para grupos guerrilleros socialistas.
¿Por qué los huracanes en Acapulco son cada vez más violentos?
La recurrencia de fenómenos como Patricia en 2015, Otis en 2023 y John en 2024 responde a una combinación de factores térmicos y atmosféricos. El calentamiento global potencia olas de calor y altera los patrones climáticos regionales, elevando la temperatura de la superficie marina.
Un elemento crítico es la piscina cálida del Pacífico occidental. Estas regiones, donde el agua supera los 28 grados centígrados, actúan como combustible puro para los ciclones. Cuando una tormenta cruza estas zonas, absorbe la humedad y el viento cálido necesarios para transformarse en un sistema devastador.
El tamaño de esta piscina cálida ha crecido alarmantemente. Entre 1900 y 1980 medía unos 22 millones de kilómetros cuadrados; para el periodo 1981-2018, alcanzó los 40 millones de km cuadrados.
El Laboratorio Berkeley ha explorado la creación de una categoría seis para clasificar huracanes con una fuerza destructiva sin precedentes. Esto alertaría al público sobre una realidad física: los océanos más calientes generan tormentas más violentas.
La anomalía de Otis y el error de pronóstico
El huracán Otis rompió todos los esquemas de intensificación conocidos en el Pacífico mexicano. El lunes previo al impacto, las advertencias hablaban de un fenómeno manejable. No obstante, en un lapso de solo 12 horas, pasó de ser una tormenta de 64 km/h (categoría 1) a un huracán de 270 km/h.
Este salto superó el récord previo del huracán Patricia. Aunque Patricia alcanzó vientos más altos (305 km/h), la velocidad con la que Otis ganó fuerza fue inédita. Expertos de la Universidad de Groningen advierten que este comportamiento se volverá común debido al fenómeno del Niño y al calentamiento oceánico.
El impacto fue brutal. El 80% de los hoteles de lujo sufrieron daños graves y 50 torres de alta tensión colapsaron, dejando la ciudad a oscuras.
Una espiral de violencia y control territorial
Acapulco no solo lucha contra el clima. Desde los años 2000, el crimen organizado transformó la ciudad en un mercado de menudeo de sustancias ilegales, aprovechando la afluencia turística. El territorio se fragmentó en rutas controladas cuadra por cuadra, donde el asesinato se utiliza como mensaje para marcar dominios.
El primer semestre de 2024 ha sido el más violento en seis años. En enero se registraron 31 muertes y la cifra escaló hasta cerrar el periodo con 319 carpetas abiertas por muerte dolosa. Solo el año 2018 había superado este nivel de letalidad.
La crueldad de los crímenes ha aumentado. En julio se encontraron siete cuerpos esparcidos por la ciudad, tres de ellos descuartizados y abandonados en la cajuela de un taxi.
El riesgo de que la mafia controle la reconstrucción
El colapso de las instituciones de seguridad en Guerrero ha dejado un vacío de poder peligroso. Francisco Rivas, director del Observatorio Nacional Ciudadano, señala que el Estado sufrió un colapso operativo en 2023, sin efectivos suficientes para contener la disputa entre bandas.
Antes del huracán Otis, los grupos criminales basaban gran parte de sus ingresos en la extorsión a empresarios y comerciantes. Al destruirse la infraestructura turística, el crimen organizado ha mutado sus actividades hacia la población damnificada y vulnerable.

Existe un riesgo real de que las bandas delincuentes tomen el control de los procesos de reconstrucción. Si esto ocurre, ganarían una influencia y un poder político y económico difícil de erradicar.
La amenaza latente de la Brecha de Guerrero
Acapulco se asienta sobre una bomba de tiempo geológica. El límite entre la placa de Cocos y la placa de Norteamérica crea una zona de fricción constante. Justo en la costa de Guerrero existe la llamada Brecha de Guerrero, un segmento que ha permanecido en silencio sísmico durante más de un siglo.
El último evento mayor en esta zona ocurrió en 1907, un sismo de 8.2 que provocó un tsunami e inundó campos y huertos. Desde entonces, los especialistas temen que la zona haya acumulado una tensión masiva.
Existen dos sectores críticos: la zona principal, entre Acapulco y Papanoa, y la extendida, que llega hasta Copala. El doctor Víctor Hugo Espíndola del Servicio Sismológico Nacional indica que la placa de Cocos penetra bajo la Norteamericana sin destruirse inmediatamente, acumulando energía.
Si esta energía se libera, el resultado podría ser un sismo superior a los 9 grados.
El huracán John y la saturación hídrica
Septiembre de 2024 trajo un nuevo golpe con el huracán John. A diferencia de Otis, que destacó por sus vientos, John se caracterizó por la cantidad extraordinaria de agua. La ciudad recibió la lluvia de todo un año en pocos días.
El fenómeno acumuló 950 mm de agua, una cifra muy superior a los 350 mm de Otis. En las zonas bajas, el nivel del agua alcanzó los dos metros de altura.

Los daños materiales fueron severos. En el Hotel Las Brisas, un muro colapsó y bloqueó la avenida escénica. En la Colonia Lázaro Cárdenas, un deslave de cerro arrastró piedras y postes, destruyendo viviendas.
El balance humano fue trágico: 22 muertos, de los cuales 18 se registraron en Guerrero. Entre las víctimas destaca un niño cuya casa en la Colonia Ecologista colapsó por la corriente.
Emergencias sanitarias tras la catástrofe
El fin de la tormenta es solo el inicio de otra crisis. La falta de agua potable obliga a la población a consumir agua de lluvia o contaminada, disparando el riesgo de infecciones diarreicas y cólera.
El agua estancada ha multiplicado la población de mosquitos, facilitando la propagación del dengue y el chikungunya. A esto se suma la interrupción de los servicios de salud, dejando desprotegidos a pacientes con diabetes, hipertensión o VIH.
¿Es posible recuperar la esencia de Acapulco cuando la geografía, el crimen y el clima han conspirado para borrar su historia?
Queda la duda de si el Estado podrá intervenir antes de que la ciudad sea absorbida por la delincuencia o borrada por el próximo evento sísmico, considerando que la Brecha de Guerrero ha superado cualquier estadística de retorno con más de 110 años de silencio.